Por una dimisión catártica

20 Jul

Lo que nos lo presenta como insufrible es la degeneración de la moral pública,la corrupción que todo lo invade.

Llevamos meses diciendo que se ha acabado el modelo político de la Transición, que estamos al final de un ciclo. Es posible que el desencadenante último fuera la crisis económica. Un país encantado de haberse conocido tomó conciencia de golpe de haber vivido en una ilusión. Lo que de verdad ha colocado al sistema al borde de la bancarrota no es, sin embargo, de carácter económico o social; es político. Desde el mismo momento en que dejamos de ser ciudadanos distraídos y se hizo la luz en la esfera pública, el espectáculo resultó insoportable. “La luz de lo público lo oscureció todo”, que diría Heidegger. Y no ya por un problema de esta o aquella disfuncionalidad institucional. Lo que nos lo presenta como insufrible es la degeneración de la moral pública, la corrupción que todo lo invade. Ahora ya ha sido desenmascarado, lo vemos en su total desnudez, y no caben apaños para tapar sus partes pudendas. Ha llegado el momento de coger el bisturí, del gesto radical, de la decisión ejemplarizante. Esta no puede ser otra que la dimisión del presidente del Gobierno. No ya solo por su responsabilidad política en el caso Bárcenas;también por la salvaguarda de todo el sistema. Necesitamos ese primer gran acto simbólico de regeneración ético política, proceder a un nuevo comienzo.

A Rajoy no se le pide un gesto heroico. Se le exige que cierre con su dimisión una herida que supura

Lo verdaderamente estremecedor de nuestros casos de corrupción es que quienes de ellos participaban lo hacían con total “naturalidad”. Encajan perfectamente en eso que H. Arendt llamaba la “banalidad del mal”. Como vemos en el caso Bárcenas, nadie parecía tener conciencia de que aquellos actos eran corruptos. Solo importaba el fin, que el partido dispusiera de los recursos necesarios; los medios pasaron a ser irrelevantes. Aunque ello supusiera la quiebra de algunos de los principios más sagrados de la democracia, como el intercambio de favores entre intereses económicos y necesidades partidistas. Seguramente nadie pensaba que hacía algo inmoral al meterse los sobresueldos en el bolsillo. No había una moral ahí fuera de la que hubiera que dar cuenta, importaba la que había establecido el propio partido. De ahí que ese en apariencia recto funcionario de la organización, que anotaba con pulcritud los desmanes, no entendiera que ya no rigieran las reglas internas cuando fue descubierto con la parte del botín que él personalmente consiguió acumular, su “prima de riesgo”; o los fondos del partido, aún no lo sabemos.

El intercambio de SMS entre Rajoy y Bárcenas no tenía el aire mafioso de los de la Gürtel, con ese aroma a Torrente. Pero sí el de los que se saben partícipes de las reglas de una moral privada. Hasta las bandas de malhechores tienen sus criterios de justicia, que diría Agustín de Hipona. No se le podía dejar caer, se le ofrecía “comprensión” y se le pedía “paciencia”. El “sol revelador”, como en el cuento de los hermanos Grimm, la salida a la luz del asunto, ya lo hizo imposible. Ahora, este funcionario del partido se ha buscado otros cómplices, y Rajoy es víctima de otra conspiración; Bárcenas ya no es de los “suyos”. Junto a los trámites judiciales del Estado de derecho, con su pausada implacabilidad, Rajoy ha caído en manos de quienes tienen su propia estrategia, que él ya no puede controlar. Y aunque estos nuevos actores aparenten instrumentalizarla en nombre de la verdad, sabe bien que los intereses que les mueven son otros, son otro grupo con sus propios fines en este asunto. ¡Menudo lío, señor presidente, está rodeado!

Un lío, sí, pero que nosotros los ciudadanos no tenemos por qué soportar. Ni el grueso de los honestos cargos y militantes de su partido. Su problema, desde el momento mismo en que es el presidente del Gobierno, es también nuestro problema. Está en juego la credibilidad de todo el sistema político. Despréndase de él. Por el hecho de estar en la cima del poder político tiene que estar libre de toda sospecha, se lo exigen los criterios de la moral pública, la única a la que debe atender. Puede tener además un efecto catártico, convulsionaría al resto de los partidos que guardan sus propios cadáveres en el armario. Y no se preocupe por la gobernabilidad. No hay mejor combustible para lograr la estabilidad política que recuperar la confianza de los ciudadanos. Va a costar, pero sin ella no hay gobernabilidad que valga. No se le pide un gesto heroico. Se le exige que cierre una herida que supura en nuestro cuerpo político desde hace demasiado tiempo. Debe hacerlo por responsabilidad, por la viabilidad de su propio partido y, aún más, por patriotismo.

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